El fútbol y el falso sentido de la virilidad

El fútbol es el deporte rey, el más amado, el que tiene mayor número de aficionados, y el que mayores pasiones levanta. Ninguna de estas afirmaciones tienen ningún punto que discutir, todas son ciertas y absolutas; aunque cualquiera que no fuera aficionado a este deporte las escuchara, no podría rebatirlas, acostumbrado como estaría a reconocer que se ha convertido en el día a día de muchos millones de personas en el mundo, algo totalmente objetivo y que es evidente para cualquiera.

Pero como todo lo que es capaz de apasionar a tal ingente cantidad de personas, tiene lados oscuros que están relacionados con las partes también más oscuras de la naturaleza humana. Aún hoy en pleno siglo XXI, la sexualidad, o más bien dicho, la homosexualidad, es un tema controvertido que acaba manchando todo lo que toca, aunque sea algo tan universal como el deporte. ¿Y por qué puede ser así?

Durante la segunda mitad del siglo XIX, el deporte se convirtió en una práctica independiente, separada de otras actividades sociales. La normalización de la heterosexualidad es una parte inherente de esa historia. Practicar deportes implica la desexualización del cuerpo humano, la neutralización de su poder erótico; el contacto con otros cuerpos es funcional y la sexualidad se deja de lado. Así, cualquier manifestación de equipo que implique contacto físico, como los abrazos colectivos al marcar un gol, se suponen desprovisto de toda carga sexual, así que ¿dónde entra el problema de la homofobia en el mundo del fútbol?

Bien, este problema puede tener su origen en dos vertientes, a mi modo de ver. Primero, lo que no se ve y lleva implícito esa desexualización del deporte en equipo, no importa si masculino o femenino: no hay carga sexual en esas manifestaciones grupales porque somos un equipo heterosexual; por ende, muchísimo menos las puede haber homosexuales, pues entonces se rompería la confianza, o al menos entrarían dudas, en si realmente cualquier roce, caricia o acercamiento en plena euforia del partido no tuviera que ver nada con la sexualidad. No es algo que se diga, pero se demuestra en las actitudes de los jugadores (o jugadoras, ya digo que es indiferente el género de los futbolistas en este asunto)

Y segundo y más importante, si nos enfocamos directamente en el fútbol, a ese fútbol que realmente levanta pasiones y que hoy por hoy está hecho por y para los hombres, está claro que la homosexualidad rompería todo el marketing que el mundo del fútbol ha hecho de su principal producto. Los futbolistas ya no son simples deportistas que gracias a su habilidad pueden tener más o menos fama; no, ahora son realmente estrellas mediáticas. Cualquier futbolista que empieza a tener un poco de celebridad, es seguido por hordas de fanáticos que inundan las redes sociales con santo y seña y sus vidas; son adorados por millones de personas, hacen publicidad de grandes marcas, convierten en oro todo lo que tocan, y son muchos los que casi besan el suelo que pisan… ¿Cómo, en nombre del cielo, podrían ser estos hombres gays?

Al parecer, no sólo creemos que los futbolistas de élite son dioses, sino además la personificación de la virilidad. Y ojo, esto no es una creencia de sus seguidoras femeninas: cualquier hombre que los siga casi se siente ofendido si escucha que su ídolo pudiera ser marica. No sería la primera vez que se empieza una discusión por esta razón, que incluso puede llegar a las manos; no hay que pensar que un jugador de fútbol pueda ser homosexual, aunque eso ni tenga nada que ver con su rendimiento, ni por supuesto sea ningún delito.

Aquellos jugadores que alguna vez han salido del armario no es que tuvieran las mejores experiencias que dijéramos. Quizá el caso más triste sea el de Justin Fashanu, gran promesa del fútbol inglés, que se suicidó en 2008, ocho años después de haberse declarado homosexual; durante ese tiempo, sufrió la discriminación por parte de sus compañeros y también de sus directivos, teniendo que cambiar varias veces de clubes. Yohan Lemaire, futbolistas francés, contó en una autobiografía qué había supuesto para él confesar su homosexualidad, y también para sus compañeros de equipo. Olivier Royer, también francés, revelo su homosexualidad hace unos años, cuando ya no estaba en activo y a la edad de 52 años. Y en esta década, Collin Martin y Robbie Royers también se declararon gays, cuando ya eran estrellas de fútbol internacionales.

Y es que el fútbol masculino no deja de ser un caldo de cultivo para el machismo, animado por lo que creemos deberían ser las aptitudes más apropiadas para sus jugadores, por ejemplo la virilidad. Es bueno pensar que la entrada de las competiciones femeninas en las grandes ligas futboleras cambie un poco este panorama, y que «maricón» e «hijo de puta» dejen de ser los insultos más usados durante un partido de fútbol; porque, a pesar de ser palabras totalmente homofóbicas, se nos han hecho tan normales que ya ni llaman la atención.